En la tarde de ayer, cuando la luz de abril caía como un suspiro antiguo sobre los muros dorados de Plaza de toros de la Maestranza, ocurrió algo que no cabe del todo en las crónicas apresuradas ni en los titulares urgentes. Porque lo de Morante de la Puebla no fue solamente una faena; fue, más bien, una evocación, un temblor de otra época que se coló sin permiso entre los relojes digitales y las prisas modernas.
Dicen que cortó dos orejas, que hubo petición desbordada, que la autoridad negó lo que el clamor pedía. Todo eso es cierto, pero también es irrelevante. Lo verdaderamente importante es que, por unos minutos, el tiempo dejó de ser una línea y se volvió un círculo caprichoso, como si en el albero se hubieran dado cita los ecos de Juan Belmonte, la sombra alargada de Joselito el Gallo, y ese perfume indefinible de una España que ya no existe pero que, de vez en cuando, regresa.
Morante, vestido de torero y de memoria, no lidió un toro: conversó con él. Hubo en su capote un temblor de seda vieja, en sus muñecas una pereza sabia, como si cada lance estuviera pensado no para el público, sino para la eternidad. Y cuando tomó las banderillas —ese gesto hoy casi arqueológico— la plaza entera contuvo la respiración, como quien escucha a un anciano contar una historia que sabe a verdad.
Pero fue la silla, esa humilde silla de madera traída al ruedo como un objeto fuera de lugar, la que terminó de romper el hechizo… o de completarlo. Porque en ese instante, cuando el torero se sentó frente al toro como quien aguarda el paso de la vida misma, la lidia dejó de ser espectáculo para convertirse en símbolo. Allí no había técnica ni valor medible: había arte, o algo más peligroso todavía, que es la autenticidad.
Y el público —ay, el público— enloqueció. No por lo que veía, sino por lo que sentía. Porque reconoció, quizá sin saberlo, que aquello no pertenecía a este siglo. De ahí la invasión, la euforia, esa especie de delirio colectivo que algunos llaman “neomorantismo” y que otros, más viejos, llamarían simplemente duende.
En tiempos donde todo se repite y se consume con prisa, lo de Morante incomoda. Porque no se puede explicar del todo, ni reproducir, ni empaquetar. Es un gesto inútil y, por eso mismo, profundamente necesario.
Ayer, en la Maestranza, no triunfó un torero. Triunfó una nostalgia. Y por un instante —breve, irrepetible— creímos volver a un mundo donde el arte no pedía permiso.










