La tarde avanzó entre altibajos hasta que Andrés Roca Rey decidió convertirla en un ejercicio de poder, riesgo y entrega sin concesiones. Fue en el quinto, un cinqueño áspero y sin ritmo, donde el peruano firmó una de esas actuaciones que tensionan el albero y levantan al tendido. No había materia prima clara, pero sí un torero dispuesto a imponerse a cualquier condición, incluso a costa de su propio cuerpo.
Su primero, un toro de buen son inicial pero escasa duración, ya dejó ver la inteligencia del torero limeño. Supo medir distancias, alturas y tiempos, administrando la embestida con precisión quirúrgica. Faena técnica, muy a favor del toro, que se fue diluyendo conforme el animal perdía fuelle. El conjunto no terminó de romper y el acero dejó todo en una ovación tibia.
Pero el quinto cambió el signo de la tarde. Desde el inicio, Roca Rey se mostró decidido a someter a un toro complicado, sin ritmo y con tendencia a pararse. El arranque de rodillas, con un cambiado por la espalda, marcó el tono de una faena cimentada en el valor seco. Tragó lo indecible, especialmente por el pitón izquierdo, donde el animal probaba y se revolvía con peligro.
La faena creció desde la firmeza. No hubo concesiones ni alivios. Cada tanda fue una batalla ganada a base de mando, temple y una colocación impecable. Cuando el toro no iba, el torero lo llevaba; cuando se paraba, lo obligaba. El final, en cercanías, tuvo un punto de arrebato que encendió definitivamente al público.
La cogida, tan violenta como impactante, añadió dramatismo a una obra ya de por sí extrema. Aun así, volvió a la cara del toro para culminar la faena. La sangre en el muslo no impidió el doble trofeo, concedido con rapidez por la presidencia ante la entrega absoluta del torero.
Javier Zulueta, por su parte, dejó una impresión de firmeza y seriedad. En su primero, un toro noble pero justo de poder, construyó una faena correcta, sin excesos, adaptándose a las limitaciones del animal. Más mérito tuvo lo realizado ante el sexto, un toro con cuajo, genio y peligro constante. Allí el joven torero asumió riesgos importantes, especialmente al natural, donde el toro reponía y buscaba el cuerpo. Fue una actuación de valor seco, sin alardes, que no encontró premio por la espada pero sí reconocimiento en una vuelta al ruedo tras petición.
José María Manzanares se topó con el peor lote. Su primero, manejable pero sin fondo, nunca permitió acoplamiento. El cuarto, deslucido y sin poder, terminó por desesperar al tendido. Poco pudo hacer el alicantino más allá de insistir sin eco ante dos toros sin opciones.
En conjunto, una tarde marcada por la irregularidad del ganado, donde solo la figura de Roca Rey logró imponerse con rotundidad. Su actuación en el quinto queda como eje de la corrida: una demostración de autoridad, valor y capacidad para someter lo indómito.
FICHA DEL FESTEJO
Real Maestranza de Caballería de Sevilla – Duodécimo festejo de la Feria de Abril 2026. Lleno de ‘No hay billetes’. Toros de Victoriano del Río (1º, 2º y 4º) y Toros de Cortés (3º, 5º y 6º),
• MANZANARES, silencio y silencio
• ROCA REY, silencio tras aviso y dos orejas
• JAVIER ZULUETA, silencio y vuelta al ruedo tras petición










