En la Maestranza de Sevilla, Morante de la Puebla volvió a dejar una de esas imágenes que trascienden la lidia ordinaria. En una faena marcada por la inspiración, el sevillano recuperó un pase casi desaparecido del repertorio habitual: las tijerillas, gesto de raíz antigua que remite a otras formas de concebir el toreo.
El movimiento, ejecutado en un momento de ajuste y creatividad, conectó directamente con la tauromaquia de otras épocas, cuando el toreo no estaba aún plenamente codificado. Las tijerillas, frecuentes en el toreo del siglo XIX y principios del XX, eran utilizadas como recurso de salida o remate, con un carácter más improvisado que técnico, propio de un toreo más intuitivo y menos estructurado.
En ese contexto histórico, este tipo de pases aparecen vinculados a la etapa de transición entre el toreo antiguo y el moderno, donde figuras de diferentes escuelas incorporaban soluciones personales en el manejo del capote. Su uso fue perdiendo presencia con la consolidación del toreo clásico de compás abierto y carga de la suerte, lo que ha convertido hoy su ejecución en algo excepcional.
La aparición de este gesto en la Maestranza no pasó desapercibida. Morante, habitual en la recuperación de suertes olvidadas y lenguajes estéticos del pasado, volvió a situar la lidia en el terreno de la memoria del toreo. Su interpretación no buscó el efectismo, sino la recreación de una forma expresiva casi extinguida.
En una plaza especialmente sensible a los matices, el público captó la dimensión del momento. No se trató únicamente de un recurso técnico, sino de una evocación directa de la historia del toreo, de esas formas que sobreviven más en los tratados y en la memoria de los aficionados que en las plazas actuales.
Así, en una tarde más dentro del calendario sevillano, las tijerillas reaparecieron como un eco del pasado. Y Morante volvió a demostrar que su toreo no solo se mide en la faena, sino también en su capacidad para rescatar capítulos olvidados del arte taurino.









