La Real Maestranza de Sevilla vivió una de esas tardes que trascienden cualquier estadística. Morante de la Puebla firmó una actuación de época al cuarto toro de Álvaro Núñez, una obra de máxima inspiración que, pese a quedar sin premio por el acero, encendió a los tendidos hasta provocar una escena final de enorme tensión.
El cuarto, “Colchonero”, marcó el devenir del festejo. Desde el recibo capotero, con una sucesión de verónicas que pusieron en pie a la plaza, hasta un tercio de banderillas tan heterodoxo como impactante —incluida la colocación de los palos sentado en una silla—, Morante convirtió la lidia en un acontecimiento.
La faena de muleta fue directamente extraordinaria. Desde un inicio también sobre la silla, el sevillano fue hilvanando muletazos de un ajuste y una profundidad difíciles de describir. Naturales de trazo largo, temple desbordante y una concepción del toreo en un palmo de terreno que llevó a la plaza a un estado de éxtasis colectivo. Una obra de rabo que se vino abajo con la espada tras varios pinchazos y el uso del descabello, quedando todo en dos vueltas al ruedo.
La reacción del público fue inmediata. Concluido el festejo, numerosos aficionados saltaron al ruedo con la intención de sacar a Morante a hombros por la Puerta del Príncipe. El torero fue elevado y conducido hasta el emblemático acceso, que permanecía cerrado. La intervención policial para evitar su apertura generó momentos de tensión e incertidumbre. Finalmente, Morante abandonó el coso por la Puerta de Cuadrillas entre el clamor de una afición entregada.
El resto del festejo quedó condicionado por la dimensión de lo ocurrido en el cuarto. En el primero, Morante ya había mostrado oficio ante un toro sin fondo ni clase.
Juan Ortega dejó pasajes de su toreo en el segundo, especialmente por el pitón derecho, en una faena de gusto ante un toro de movilidad desigual, llegando a sufrir una voltereta sin consecuencias graves. El quinto, en un ambiente todavía sobrecogido, tuvo escaso eco en los tendidos.
Víctor Hernández, por su parte, firmó una actuación de mérito. Cortó una oreja del tercero tras una faena de corte clásico, muy asentada al natural frente a un toro de calidad pero justo de fuerzas. En el sexto, volvió a mostrarse firme ante un animal de escaso poder, logrando muletazos de valor sin que la petición final fuera atendida.
La corrida de Álvaro Núñez dejó un conjunto desigual, con un toro excepcional que permitió a Morante firmar una de las faenas más impactantes que se recuerdan en la Maestranza reciente.
Una tarde que, más allá de los trofeos, ya forma parte de la historia viva del toreo.









