Dicen que hay regresos que obedecen al calendario, a los contratos, a esa inercia invisible que empuja a seguir aunque el alma vaya por otro lado. Y luego están los otros. Los que no responden a ninguna lógica aparente, los que nacen de una necesidad más honda, casi inexplicable. El de Morante de la Puebla pertenece a estos últimos.
Llevamos semanas —domingos contados como quien desgrana un rosario— escribiendo alrededor de su ausencia. No para llenarla, porque eso es imposible, sino para entenderla. Para escuchar lo que el silencio decía cuando él decidió apartarse. Y en ese ejercicio, casi sin darnos cuenta, hemos terminado comprendiendo que su vuelta no es solo un acontecimiento: es una necesidad.
No del sistema, que siempre encuentra nombres, ni siquiera del escalafón, que se recompone con la facilidad de lo sustituible. Es una necesidad más íntima, más frágil. La necesidad de que exista, aunque sea de vez en cuando, alguien que rompa el guion.
Porque cuando Morante no está, todo sigue… pero de otra manera. Falta algo difícil de nombrar, una especie de grieta por la que se cuela lo imprevisible. Sin él, el toreo puede ser correcto, incluso brillante, pero pierde ese temblor que lo vuelve irrepetible. Como si de pronto todo estuviera demasiado bien explicado.
Su regreso, por tanto, no responde a una expectativa externa, sino a una urgencia interna. A esa llamada que solo escuchan los que no pueden vivir de espaldas a lo que son. Y Morante —con sus luces y sus abismos— nunca ha sabido traicionarse del todo.
Habrá quien espere respuestas. Quien quiera ver si vuelve el de las tardes imposibles o el de los silencios largos. Pero quizá esa no sea la cuestión. Quizá lo verdaderamente importante sea que vuelve sin garantías, sin promesas, sin esa red invisible que otros tejen para no caer.
Y ahí reside, precisamente, su verdad.
Este último artículo llega como llegan las vísperas importantes: con una mezcla de calma y desasosiego. Como si algo estuviera a punto de ocurrir, pero nadie se atreviera a nombrarlo del todo. Hemos hablado mucho de su ausencia, de sus dudas, de su precio. Ahora toca asumir lo único que importa: su presencia.
Porque hay regresos que se celebran. Y hay regresos que se necesitan.
El de Morante no pide comprensión, ni indulgencia, ni siquiera fe. Pide algo más sencillo y más difícil a la vez: atención. La misma que se le presta a lo que puede cambiar en cualquier instante, a lo que no se deja domesticar.
Mañana, cuando el paseíllo rompa el silencio, todo volverá a ponerse en juego. Y nosotros, desde este rincón de palabras que ha acompañado la espera, solo podemos hacer una cosa: callar y mirar.
Porque lo necesario —como el arte— nunca avisa dos veces.









