Perteneces a una de las sagas más reconocidas del toreo: eres nieto de Julio Aparicio Martínez y sobrino de Julio Aparicio Díaz. ¿Qué significa para ti formar parte de esta familia taurina y cómo influye en tu camino como torero?
Formar parte de esta familia es, ante todo, un orgullo muy grande. He crecido escuchando hablar de toros, viendo fotografías, escuchando vivencias y entendiendo el respeto que este oficio merece. Vengo de una rama de figuras del toreo y eso marca, te guste o no, porque te sitúa en una historia que no has escrito tú, pero que estás llamado a honrar. Influye mucho en mi carrera porque te da una base, unos valores y una forma de entender el toreo desde la verdad y la entrega, aunque también añade una responsabilidad que hay que saber llevar con equilibrio.
Al salir al ruedo con el apellido Aparicio, ¿predomina en ti el orgullo, la motivación o la presión?
Predomina la responsabilidad. Más allá de la presión externa, que siempre existe, siento una exigencia personal muy fuerte: no fallarme a mí mismo y no fallar al apellido que llevo. Ese peso no lo entiendo como algo negativo, sino como una forma de mantenerme alerta, con los pies en el suelo, sabiendo que cada tarde cuenta y que el nombre que llevo exige honestidad y compromiso.

¿Cómo definirías tu estilo y tu manera de entender el toreo?
Mi toreo nace del sentimiento. Creo en un toreo de olvido del cuerpo, de abandono, en el que la técnica está presente, pero nunca se ve. Para mí, la técnica es una herramienta, no un fin. Cuando me pongo delante del toro intento expresar lo que siento en ese momento, torear despacio y con verdad, buscando que todo tenga un porqué.
La afición ha seguido muy de cerca tu evolución. ¿Qué papel juega para ti sentir su respaldo?
La afición ha sido muy importante en mi camino. Desde el principio ha respetado mi manera de sentir el toreo y eso es algo que agradezco profundamente. Cuando notas que lo que haces llega, que cala, te emociona, pero también te obliga. Torear para una afición que espera sentir es una responsabilidad enorme, sobre todo sabiendo que todavía he toreado poco y que cada tarde es un aprendizaje constante.
Como novillero, ¿qué objetivos te marcas a corto y medio plazo?
Ahora mismo el objetivo es claro y sencillo: seguir el camino que estamos recorriendo. No obsesionarse con fechas ni con prisas. Habrá momentos en los que se avance más rápido y otros en los que toque ir más despacio, pero siempre con coherencia. Hay ideas y metas en la cabeza, como es lógico, pero todo dependerá de lo que haga en la plaza tarde tras tarde.
En La Puebla del Río firmaste una actuación muy destacada con un novillo de Santiago Domecq, premiado con dos orejas y rabo. ¿Cómo recuerdas aquella tarde?
Fue una tarde muy bonita, de las que se quedan dentro. Gracias a Dios, pude cuajar una faena llena de sentimiento, en la que me sentí libre para expresar un poco de cómo entiendo el toreo. El novillo tuvo calidad y me permitió abandonarme, olvidarme de todo y simplemente torear como lo sentía en ese momento.

¿Hubo algún instante de la faena que guardes de manera especial?
Sí, hubo un momento muy especial para mí, fuera incluso de la propia faena. Fue el largo abrazo con el maestro cuando fui a que me devolviera la montera tras brindarle el novillo. Lo que me dijo en ese instante me llegó muy dentro y es de esas cosas que te acompañan mucho tiempo.

Para terminar, ¿qué mensaje te gustaría transmitir a esa afición que aún no te conoce?
Más que con palabras, me gustaría transmitirlo toreando, si Dios quiere. Ojalá pueda hacerles sentir, aunque sea por un instante, lo mismo que yo siento cuando me pongo delante del toro. Si consigo eso, todo habrá merecido la pena.









