El 12 de octubre de 2025 quedará grabado en la historia reciente de Las Ventas como una tarde de despedidas. El público madrileño, acostumbrado a los grandes gestos y a las emociones contenidas, asistió a una jornada en la que se cerraron tres capítulos fundamentales de la tauromaquia contemporánea: el adiós anunciado de Fernando Robleño, el inesperado de Morante de la Puebla y, sobre todo, el silencioso, casi íntimo, de Florencio Fernández “Florito”, el mayoral de la plaza más importante del mundo.
En los tendidos, la emoción se mezclaba con la incredulidad. Robleño, el torero de Carabanchel, puso punto final a más de dos décadas de honradez, de pundonor y verdad. Morante, genio y figura, sorprendió a todos al anunciar que aquella sería su última tarde, dejando un vacío difícil de llenar en el toreo de arte. Pero entre tanto foco, entre tantas palabras y vítores, hubo otra despedida que se vivió desde las entrañas de la plaza: la de Florito, el hombre que durante casi cuarenta años cuidó, entendió y amó al toro más que nadie.

Florito no empuñaba estoque ni capote. Su escenario eran los corrales, el patio de caballos, las entrañas mismas de la plaza. Desde allí, con discreción y sabiduría, fue el verdadero guardián del toro, el hombre que conocía a cada animal con una mirada, que mediaba entre ganaderos y empresarios, que imponía calma donde reinaba el caos. En él se resumía una forma de entender la tauromaquia: seria, respetuosa, silenciosa.
En el festival pro monumento a Antoñete, cuando cruzó por última vez el ruedo de Las Ventas, el público se puso en pie. No era un torero, pero lo parecía. Su figura, siempre serena, simbolizaba la pureza de una profesión que no necesita aplausos para tener grandeza.
Su hijo Álvaro Fernández, ingeniero reconvertido en veedor, tomará ahora el relevo. Hereda no solo un cargo, sino una herencia moral y profesional de enorme peso. Mantener viva la esencia de su padre será su mayor reto: conservar esa sensibilidad que distingue al hombre de campo del mero técnico, y ese respeto absoluto por el animal que define la tauromaquia en su raíz.

El 12 de octubre, pues, no fue solo una tarde de toros. Fue un espejo d el tiempo: se fueron tres hombres que representan tres almas del toreo. Robleño, la verdad del esfuerzo. Morante, la inspiración del arte. Y Florito, la dignidad del trabajo silencioso.
Cuando el ruedo quedó vacío y el eco del aplauso se apagó, Las Ventas pareció suspirar. Porque hay tardes que marcan un final de época. Y esta lo fue. A partir de hoy, en los corrales madrileños ya no resonará la voz tranquila de Florito, pero su huella quedará en cada toro que pise la arena, en cada mirada atenta que recuerde su ejemplo.
Porque si el toreo tiene alma, Florito fue uno de sus custodios más puros. Y aunque su despedida no llenó titulares, su ausencia se sentirá en el corazón mismo de la Fiesta.









