Puede parecer un gesto pequeño para quien desconozca la vida del campo. Pero en el universo del toro bravo, donde cada rito guarda siglos de memoria, el silencio también tiene significado. Y en estos días que recuerdan la Pasión y la muerte de Jesucristo, el campo andaluz —como tantas veces a lo largo de la historia— guarda luto.
Los bueyes, compañeros inseparables del ganado bravo en las faenas de manejo, acostumbran a llevar cencerros. Su sonido acompasa el paso de la manada en apartados, en recogidas o en embarques; es una música rural, humilde y vieja como las propias dehesas. El tintinear del metal entre encinas y cercas forma parte del paisaje sonoro del campo bravo.
Pero cuando llega la Semana Santa, algunos ganaderos deciden retirarlos.
Entonces el campo cambia.
Donde antes había un sonido constante, queda solo el rumor del viento, el roce de la hierba y el paso grave de los animales sobre la tierra. Los bueyes siguen cumpliendo su oficio, pero lo hacen envueltos en una solemnidad distinta, casi litúrgica. Es el silencio del duelo.
Porque el Jueves Santo es la jornada en la que la cristiandad recuerda las últimas horas de Cristo antes de su Pasión: la cena compartida con los discípulos, la oración en Getsemaní y el comienzo del camino hacia la Cruz. Y el campo —tan profundamente unido a la fe popular— responde con un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo: callar.
En la tradición del mundo taurino, el luto siempre ha tenido formas diversas. El poeta Fernando Villalón evocaba aquel negro solemne que a veces vestían los toreros sobre el oro de sus ternos. En la plaza el luto se muestra; en la dehesa, en cambio, se siente.
Allí no hacen falta palabras ni ceremonias.
Basta con que durante unos días el metal deje de sonar y que los bueyes —los fieles servidores del toro bravo— caminen sin su música habitual, como si también ellos participaran en ese recogimiento que atraviesa los pueblos, las iglesias y los campos de España cuando llega la Pasión.
Por eso la escena difundida hoy por la Real Unión de Criadores del Toro de Lidia tiene algo profundamente evocador. En medio del ruido del mundo moderno, el campo bravo recuerda que aún existen tradiciones que se viven en silencio.
Como una oración.
Como el respeto antiguo de la tierra ante la muerte de Cristo.









