“Lo que viví ese día es difícil de explicar; cuando el novillo embistió y pude torearlo despacio, sentí que estaba cumpliendo un sueño”, recuerda Moset, todavía con la mirada brillante.
No fue un triunfo cualquiera, sino una faena cimentada en la profundidad y en el temple. “Desde el primer muletazo me propuse estar muy quieto y llevar al novillo largo, por abajo, con hondura. Quería mostrar el toreo que siento, ese que se hace con el alma”, explica.
El público lo percibió y lo premió con fuerza. “Se notaba que la gente estaba disfrutando. Cuando toreaba con la mano derecha y lograba alargar los muletazos, escuchaba ese murmullo que solo aparece cuando lo que haces llega de verdad”, comenta con gratitud.

Moset habla también de la responsabilidad que implica mantener ese concepto. “El toreo profundo es muy exigente, porque no siempre se puede. Pero es el que me llena, el que me hace sentir torero. Creo que, si soy fiel a esa forma de interpretar la lidia, me va a abrir camino”, afirma convencido.
Hay un pasaje que se le quedó grabado: “Hubo una serie en la que el novillo se entregó y yo pude olvidarme de todo, solo pensar en templar y en mandar. Sentí que el tiempo se paraba. Eso es lo que busco cada día, ese instante de verdad”, confiesa.
El joven novillero no se engaña: el camino será largo y duro. “Un debut no lo es todo; ahora empieza lo difícil. Tengo que entrenar más, corregir defectos y mantener la humildad. Pero sé que si sigo así, con este concepto, puedo aspirar a llegar lejos”, asegura.
Con apenas una tarde con picadores en su haber, Daniel Moset ha logrado situarse en la conversación de los aficionados y de la prensa taurina. Y lo ha hecho no solo por las orejas, sino por la forma: por un toreo profundo que, si consigue mantenerlo y evolucionarlo, puede marcar el nacimiento de un torero distinto.











