¿Cómo nace tu vocación por el mundo del toro y en qué momento decides que quieres ser novillero?
Mi vocación nace desde muy pequeño, prácticamente desde que tengo uso de razón. Recuerdo sentarme cada tarde con mi abuelo a ver las corridas de toros que televisaban. Para mí no era solo ver toros; era compartir tiempo con él, escucharle hablar de los grandes toreros, de las ganaderías, de las faenas históricas. Todo viene por él, que era un gran aficionado y me transmitió esa pasión de una manera muy natural.
Siempre he tenido el recuerdo de querer ser torero. De niño, mientras otros jugaban a otra cosa, yo cogía trapos de cocina y jugaba al toro, me imaginaba en una plaza llena, soñaba con sentir lo que veía en la televisión. A los diez años quise entrar en la escuela taurina, pero mi madre no me dejó porque era muy pequeño. No fue hasta los quince cuando ingresé en la Escuela de Tauromaquia de Madrid José Cubero “Yiyo”. Ese fue el momento en el que mi sueño empezó a tomar forma real.
¿Qué significa para ti el novillo como animal y qué es lo primero que miras cuando lo tienes delante en el ruedo?
Para mí el toro lo es todo. Es el motor de mi vida, mi motivación diaria, la ilusión que me hace levantarme cada mañana para entrenar y seguir luchando. Me parece el animal más bonito que existe, por su presencia, por su fuerza, por lo que representa.
Cuando lo tengo delante, lo primero que miro son los ojos. En la mirada del animal se ve mucho: su intención, su temperamento, si viene humillado, si viene con fijeza, si transmite nobleza o incertidumbre. Creo que en ese primer cruce de miradas se establece algo muy importante, es como el inicio de un diálogo que luego se desarrolla durante toda la lidia.

¿Cómo definirías tu concepto del toreo y qué sello propio intentas dejar en cada faena?
Mi concepto todavía está en construcción. Soy novillero sin picadores y estoy en plena etapa de aprendizaje, de descubrirme a mí mismo delante de los animales. No tengo aún un concepto totalmente definido, pero sí tengo muy claro qué tipo de toreo me gusta: el clásico, el puro, el que se basa en la verdad y en el temple.
En cada faena intento dejar mi personalidad. Que se vea actitud, hambre, ganas de ser torero. Que el público perciba que no estoy allí por casualidad, sino porque siento de verdad lo que hago. Más allá de las orejas, quiero que se note mi sello, mi compromiso y mi ilusión.
¿Eres un torero más de valor seco, de temple, de inspiración…? ¿Dónde crees que está tu mayor virtud?
Me considero un torero en proceso, todavía por hacerse. Cada tarde es una oportunidad para crecer y pulir aspectos. Me identifico mucho con el toreo clásico y puro, y aspiro a que mi tauromaquia tenga ese poso.
Si tuviera que destacar una virtud, diría que el capote es donde más cómodo me siento. Creo que ahí puedo expresar mejor lo que llevo dentro y donde aflora con más naturalidad mi forma de entender el toreo.

¿Qué importancia le das al capote dentro de tu tauromaquia y qué suertes sientes más tuyas?
Le doy muchísima importancia. Para mí el toreo de capa no es solo una parte de la lidia, sino una carta de presentación. Es el momento de abrir caminos al animal, de alargar las embestidas, de empezar a marcar el ritmo de la faena.
La suerte que más siento es la verónica. Es con la que más a gusto me encuentro, donde más disfruto y donde creo que puedo transmitir más. Cuando el novillo embiste con ritmo y puedes templarlo con el capote, es una sensación muy especial.
¿Cuál ha sido hasta ahora la tarde más especial de tu carrera y qué recuerdas de aquel novillo en concreto?
Sin duda, la tarde más especial fue en Villarejo de Salvanés, en mi pueblo. Torear en casa, con tu gente, con tu familia en el tendido, es algo que no se puede explicar con palabras. Ese día salí a hombros tras cortar dos orejas a un novillo de Hermanas Ortega.
Recuerdo aquel novillo como extraordinario. Se arrancaba desde lejos, tenía prontitud, repetía con entrega, humillaba y era encastado. Fue un animal con muchas virtudes que me permitió disfrutar y expresarme. Son de esas tardes que te marcan y te dan fuerza para seguir.
¿Qué plaza te ha marcado más como novillero y por qué?
Creo que han sido dos plazas. La primera, Villarejo de Salvanés, por todo lo que significó esa tarde en mi pueblo. La segunda, Carabaña. Allí debuté sin picadores en 2023, y en 2025 volví para matar una novillada de Saltillo dentro del Certamen del Sureste.
Esta última fue especialmente importante por la plaza, por la exigencia del encierro y por cómo se desarrolló todo. Me sirvió mucho en lo personal y también por la repercusión que tiene el certamen. Fue una tarde de aprendizaje y crecimiento.

¿Cómo vives el momento del paseíllo y qué pasa por tu cabeza justo antes de que se abra la puerta de chiqueros?
El paseíllo es un momento único. Me hace sentirme más torero que nunca. Se mezclan las ganas, la ilusión, el orgullo de estar ahí… pero también el miedo y la responsabilidad.
Cuando se abre la puerta de chiqueros, los nervios están a flor de piel. Intento tener la cabeza despejada y estar muy concentrado. Observar cada movimiento del novillo, ver cómo sale, cómo coloca la cara, cómo embiste. En esos primeros segundos se empieza a construir todo lo que vendrá después.
En una novillada, ¿qué buscas que sienta el público cuando te ve torear?
Busco emocionar. Que el público se quede con ganas de volver a verme. Que sientan que han visto a un novillero con actitud, con verdad y con hambre de triunfo.
Para mí es muy importante que se perciba esa ilusión por querer ser torero. Que la gente note que estoy dejando todo lo que tengo dentro en cada pase.
Mirando al futuro, ¿cuál es tu gran sueño dentro del toreo y qué meta te obsesiona alcanzar?
Mi gran sueño es llegar a ser figura del toreo y emocionar al público cada vez que me vista de luces. Pero la meta más inmediata y la que me obsesiona ahora mismo es llegar a ser matador de toros.
A partir de ahí, seguir luchando, seguir creciendo y no dejar nunca de trabajar. Porque en el toreo nada se regala, y cada paso hay que ganárselo en la plaza y en el campo.














