Madrid vivió una mañana para la historia. En el Festival homenaje a Antoñete, Curro Vázquez, con 74 años y el alma intacta, volvió a escribir poesía con la muleta ante Desprendido, un toro de Garcigrande lleno de nobleza y clase. Desde el saludo capotero, con verónicas hondas y una media de cartel de sabor antiguo, hasta la estocada final, el maestro de Linares ofreció una lección de torería que hizo vibrar los tendidos de Las Ventas.
Brindó la faena a su esposa, en un gesto romántico que evocó los tiempos de los toreros de leyenda, y construyó una labor llena de gusto, temple y naturalidad. Cada muletazo tuvo aroma de época: el trincherazo de cartel, el cambio de mano de seda, los naturales lentos y hondos… todo respiraba verdad. Era el toreo clásico hecho presente, una sinfonía de compás y pureza que detuvo el tiempo.
Pero lo más hermoso fue lo que ocurrió en los tendidos. La juventud madrileña, muchos de ellos sin haber visto jamás a Curro Vázquez en el ruedo, descubrió con asombro la riqueza del toreo añejo. Se escuchaban comentarios de admiración, rostros iluminados, miradas que comprendían —quizá por primera vez— que la torería también puede ser pausa, hondura y sentimiento.
Las dos orejas fueron el justo premio a una obra que trascendió el triunfo. Más allá del reconocimiento, Curro Vázquez despertó una emoción nueva en quienes no conocieron sus tardes grandes, y recordó a todos que el clasicismo no pertenece al pasado: sigue vivo en el alma de quien lo entiende.
Hoy, Madrid volvió a creer en la belleza antigua que nunca muere. El tiempo se detuvo, y en ese silencio emocionado de Las Ventas, Curro Vázquez volvió a ser espejo y maestro de la torería eterna.










