POR PABLO GONZÁLEZ
No hubo tregua. Ni en el cielo ni en el ruedo. Llovió sin descanso antes, durante y después de la corrida, y el piso de la Monumental de Manizales terminó siendo una trampa constante. Pero nada de eso detuvo a los toreros ni a un público que, fiel a su liturgia, llenó la plaza para el que era, con justicia, el cartel mayor de la feria.
Las ausencias de Roca Rey y Juan de Castilla quedaron pronto en el olvido gracias a unas sustituciones de alto voltaje: Juan Ortega y David de Miranda, sumados al hierro de Ernesto Gutiérrez, que siempre comparece con el aval de la emoción. Todo estaba dispuesto para una tarde grande… o para el desastre. Y la corrida transitó exactamente por esa frontera.
Sebastián Castella abrió fuego con “Luchador”, un negro cornicorto pero con una nobleza que se descubrió desde los primeros lances. El francés lo saludó con convicción, y el toro confirmó en el caballo una bravura desbordada, llegando a sembrar el desconcierto tras el fuerte batacazo al picador Reinario Bulla y la persecución feroz a los peones.
La faena fue creciendo en pulso y en ambición. Castella lo llevó largo, por abajo, ligando con mando en un ruedo que no permitía errores. El toro respondió, la muleta también, y la plaza se metió de lleno en la pelea. El volapié fue de verdad, precedido por un pinchazo, y aunque la estocada fue efectiva, el palco cerró la puerta a algo más que una oreja. Quedó la sensación de premio corto para un toro ovacionado con justicia.
El drama mayor llegó en el cuarto, “Boyardo”, que salió con el aguacero recrudecido. Toro incierto, bizco, remiso en el caballo y con pocas esperanzas tras los tercios. Pero Castella decidió creer cuando nadie más lo hacía y brindó al público una faena que empezó cuesta arriba y terminó siendo una lección de insistencia.
A base de aguante, de obligar sin violencia, de tocar las teclas justas, el francés fue transformando al toro. De rajado a colaborador. De manso a entregado. La lidia, larga y exigente, se desarrolló entre charcos y resbalones, dibujando muletazos circulares en ambos pitones mientras la banda, en un momento ya histórico, atacaba el “Feria de Manizales”.
Todo estaba para el gran golpe. El trofeo mayor asomaba. Incluso el indulto fue pedido con entusiasmo desmedido. Y ahí llegó el punto de inflexión: Castella, con la igualada hecha, desistió, dejó pasar el momento y la faena se enredó. Los pinchazos, el aviso y la tardanza presidencial acabaron por enfriar lo que había sido una obra cumbre. La estocada final puso fin a la historia y el público, consciente de lo visto, empujó una vuelta al ruedo clamorosa, tan merecida como insuficiente.
Juan Ortega aportó la otra cara del toreo. Con el segundo, soso pero manejable, construyó una faena de seda, lenta y precisa, de esas que no buscan aplausos fáciles. La oreja concedida no colmó del todo la obra, pero la plaza se rindió al sevillano. El quinto, rajado sin remedio, solo permitió la voluntad y dejó una escena final confusa con el puntillero.
David de Miranda pasó inadvertido con el tercero, pero se rehízo con el sexto, un toro venido a menos que exigió firmeza y valor. El onubense encontró muletazos de mérito frente a la incertidumbre y rubricó con una estocada efectiva que le valió la última oreja de la feria.
La corrida de Ernesto Gutiérrez no fue redonda, pero sí tuvo fondo. Al menos dos toros ofrecieron posibilidades serias, especialmente el primero. Y así, entre lluvia, barro y emoción, se fue una feria que tuvo en Sebastián Castella a su gran protagonista moral.
FICHA DEL FESTEJO
Domingo 11 de enero de 2026.
Monumental de Manizales.
Séptima de feria.
Lluvia persistente y casi lleno.
Seis toros de Ernesto Gutiérrez, bajos, cornicortos y de juego desigual.
- Sebastián Castella: oreja y vuelta al ruedo tras aviso.
- Juan Ortega: oreja y silencio tras aviso.
- David de Miranda: silencio y oreja.









